Bruckner. Hoy 18 de Diciembre de 1892 se estrena la "Octava Sinfonía " dedicada al emperador de Austria Francisco Jose.

Bruckner fue contemporáneo de Francisco Jose y de la emperatriz Sisi. Bruckner nace en 1824, Francisco Jose en 1830. Bruckner muere en 1896, Sisi en 1898. Bruckner nació el 4 de septiembre de 1824 y murió el 11 de octubre de 1896. El 18 de Diciembre de 1892 se estrena en Viena la "Octava Sinfonía" por la Filarmónica de Viena dirigida por Hans Richter.

Detalles del evento

Cuándo

18/12/2016
de 12:25 a 12:25

Agregar evento al calendario

La Octava Sinfonía conoció un gran éxito en su estreno en Viena el 18 de diciembre de 1892 por la Wiener Philharmoniker bajo la batuta de Hans Richter. Las críticas la calificaron incluso de sinfonía de las sinfonías o cumbre de la sinfonía romántica.

El año 1886 el Emperador Francisco José lo distinguió con la orden que llevaba su propio nombre. Bruckner decidió entonces dedicarle la Octava , concluida el 10 de agosto de 1887.

Bruckner pidió ayuda al Emperador contra Hanslinck y sus críticas. Hanslinck era el crítico más famoso de Viena y detestaba la música de Bruckner. Fue el crítico más feroz de Bruckner. Se dijo de él que una vez dijo: «Aquél a quien yo quiero destruir será destruido», y al parecer Bruckner fue un objetivo de primer orden. Tras asistir a la interpretación de los movimientos internos de la Sexta Sinfonía, escribió:

"Me ha costado mucho esfuerzo llegar a tener una adecuada relación con estas composiciones tan peculiares en las cuales los momentos brillantes, originales e incluso inspirados alternan, con frecuencia sin una conexión reconocible, con apenas comprensibles lugares comunes y torpes parches, todo ello embutido en una exagerada longitud capaz de poner en fuga y dejar sin aliento tanto a ejecutantes como a oyentes".

Hanslick se refiere aquí a la queja más frecuente respecto de la escritura sinfónica de Bruckner: el aparentemente inacabable viaje hacia una conclusión de sus ideas musicales.

Las duras críticas que recibió su obra pueden ser atribuidas también a la consideración de Bruckner como persona por parte de los críticos. Fue un devoto católico, cuyo fervor religioso a veces provocaba un cierto rechazo en aquellos que se acercaban a él. Franz Schalk comentó que «en una era como aquella de liberalismo moral y espiritual, Bruckner era como una especie de intruso, dado su concepto monacal y medieval de la humanidad y de la vida».

No sabemos lo que contestó el Emperador al ingenuo Bruckner en su petición de que Hanslinck no le tratara tan mal pero si esta claro que el Emperador ayudo a Bruckner en otras cuestiones.

Viendo el promedio que cada sinfonía le llevaba al compositor, entre tres o cuatro años, es de suponer que muriendo en 1896, Bruckner tenía que haber escrito por lo menos dos o tres más, máxime cuando el éxito le proporcionó el tan ansiado tiempo libre que necesitaba para la creación.

Sin embargo, un imprevisto se interpuso en su camino y los amantes de la música deben señalar a un culpable de que no haya más sinfonías brucknerianas: el director Hermann Levi.

Este alumno de Bruckner, al que el viejo maestro adoraba y consideraba su “padre artístico”, se permitió presentar una larga serie de objeciones al manuscrito que le había sido enviado. Levi, que a fin de cuentas no era más que un director correcto, opinaba que algunos pasajes de la obra eran confusos, que otros podían ser suprimidos e incluso aducía errores en la orquestación.

Si alguien se hubiese atrevido a hacer correcciones de ese tipo a un autor como Wagner es más que probable que hubiera experimentado su cólera (a propósito de este asunto, Eduardo Storni señala en su biografía sobre Bruckner que Beethoven arrojó un tintero a la cabeza a Ferdinand Ries cuando se atrevió a señalar lo que a él le parecían errores en la Eroica ), pero el caso es que Bruckner era un buenazo y este rechazo le desalentó tan profundamente que hasta parece que debió considerar en algún momento la opción del suicidio.

Decidido a ganarse la aprobación de Levi (lo que demuestra una debilidad de carácter en contraposición a la fuerza de sus obras), el músico emprendió una furibunda revisión de la Octava , a la que practicó numerosas mutilaciones, reescribiendo algunos pasajes completos. Y es aquí donde comienza el desbarajuste bruckneriano, pues en la actualidad existen tres versiones, todas ellas grabadas en disco, de esta obra: la segunda versión, que el compositor consideró la oficial; la rechazada por Levi;y una tercera publicada por el editor Robert Haas, que añadió a la versión oficial algunos de los pasajes suprimidos de la original, dando como resultado una obra aún más extensa.

Pero no terminaría ahí la cosa, ya que en pleno ataque de furia revisionista, Bruckner comenzó a ver fallos por todas partes en obras anteriores, y tomó la decisión retocar también las sinfonías Primera, Tercera y Cuarta . Levi, horrorizado, le pidió que no retocase la Primera , escrita hacía ya más de 20 años, y que le parecía una obra perfecta, pero el compositor hizo caso omiso.

Estas revisiones generaron un desconcierto que aún dura hoy día, sobre la versión que en realidad debe interpretarse en las salas de concierto. Todo este enorme esfuerzo no sirvió en realidad para aportar nada nuevo a lo ya dicho y, por si fuera poco, demoró enormemente a Bruckner en su composición de la Sinfonía Nº 9 , que había iniciado nada más terminar la Octava , en 1887 y que no retomó hasta 1891. En estos cuatro años sucedieron numerosos acontecimientos.

En 1890, año en que pide excedencia al conservatorio por sentirse agotado, el emperador Francisco José le recibió en audiencia para agradecerle la dedicatoria de la Sinfonía Nº 8 . Poco después, el reconocimiento de Viena se haría efectivo en la concesión de una pensión, que aliviaría sus últimos años, y en su nombramiento como Doctor Honoris Causa por la Universidad de Viena.

Así como Brahms compuso la Obertura académica para agradecer su nombramiento como doctor en música por la Universidad de Breslau, Bruckner quiso corresponder de igual manera a la de Viena, aunque de una manera un poco más pintoresca, ofreciéndole la nueva versión de su vieja Primera Sinfonía.
.
Tampoco se puede pasar por alto un episodio que no tuvo mayores consecuencias, pero que a punto estuvo de suponer un cambio importante en su existencia. Célibe durante toda la vida, Bruckner siempre había causado la espantada de las mujeres a las que pretendía en matrimonio, pues era descuidado en el vestir y tosco de maneras, además de tener una mentalidad excesivamente tradicionalista sobre las relaciones hombre y mujer, que no concebía sino tras pronunciados los votos nupciales. El año en que reanudó la Sinfonía Nº 9 asistió a una triunfal interpretación de su Te deum en Berlín.

Allí conocería a una joven llamada Ida Buhz, que trabajaba en el hotel Kaiserhof donde ella se hospedaba. Como era su costumbre, Bruckner realizó su propuesta a los dos días de haber conocido a la muchacha y, para su sorpresa, tanto su reacción como la de sus padres fue positiva. Debido a la distancia, su relación fue meramente epistolar y duró cerca de cuatro años. Sin embargo, cuando todo estaba listo para que la boda se celebrase, el anciano, que ya rondaba los setenta y un años, recordó un pequeño detalle que se le había pasado por alto comentar a la familia Buhz: la joven era protestante y él católico, por lo que ponía como condición sine qua non que ella se convierta a su religión.

Ante la negativa de la familia, Bruckner rompió el compromiso quizás porque después de tanto tiempo la soledad no era algo que le disgustase y, al menos, había cumplido por fin con el rito, desconocido hasta entonces para él, de estar prometido a una mujer.Además, al presentir su muerte, por el repentino debilitamiento de su salud dos años antes, ya se había mentalizado de que la boda nunca llegaría a celebrarse.

Un adagio para despedir la vida

Ese año de 1893 en que todo apunta a que no verá la luz de 1894, un Bruckner aquejado de pleuresía redacta su testamento, a la vez que emplea los ratos de mejoría por acabar el primer movimiento de una novena que se le hace interminable.

Conseguirá concluirlo por navidades, coincidiendo con una mejoría de su salud. Animado, dará forma en tan sólo dos meses al segundo movimiento, que será el más popular de esta obra inacabada, pero el adagio contendrá las últimas notas sinfónicas que salgan de su pluma.Tras nueve meses batallando con él, Bruckner lo da por finalizado, no sin anotar un subtítulo para él tan elocuente como Despedida de la vida . Pocos días después sufre una recaída, y para las navidades de ese 1894 los médicos le recomiendan la extremaunción. Eso no le impidió tocar el órgano por última vez en su vida, no en su famosa Iglesia de San Florian, sino en el pueblo de Klosterneuburg, adonde había acudido a pasar las fiestas. Pero su estado era tal, que no fue capaz de manejar los pedales en condiciones. Aún así, no quiso privarse de sus largos paseos con el joven músico Hugo Wolf, que se había convertido en el confidente fiel de estos últimos años.

El desdén demostrado por muchos hacia Bruckner es tal que en dibujos, como los que tiene con Wagner, se le muestra como un hombrecillo, cuando medía 15 cm. más que él.Entre la mejoría y el deterioro constantes, llegó un momento en que Bruckner no era apenas capaz de subir los cuatro pisos de escaleras que llevaban a su vivienda y nuevamente el emperador acudió en su ayuda, a requerimiento de la princesa María Valeria, permitiéndole instalarse en unas habitaciones del Palacio de Belvedere, en julio de 1895.

Durante el año y tres meses que le quedarán de vida, el viejo maestro tratará, sin conseguirlo, de dar forma a ese último cuarto movimiento de su Sinfonía Nº 9 , pero todo será inútil. El peso de los años, el cansancio de aquella última década de éxito, tan ajetreada, y la dificultad para concentrarse, teniendo tan presente que la muerte le rondaba, no le permitieron ir más allá de una serie de esbozos en los que plasmó cuatrocientos ochenta de los seiscientos compases que hubiesen puesto punto final a la obra. Sabedor de que sucumbiría sin llegar a una décima sinfonía, cumpliendo así la maldición beethoveniana de la que fue víctima Schubert y posteriormente lo serían Mahler, Dvorak y Glazunov (aunque Bruckner sí compuso diez, pues tiene una Sinfonía Nº 0 de la que renegó), propuso que cuando se interpretasen los tres movimientos completados se añadiera su Te deum a modo de conclusión.

A las tres de la tarde del 11 de octubre de 1896 Anton Bruckner sintió un repentino enfriamiento que sería el último, y que ni el té solicitado a su ama de llaves, Frau Kathi lograría templar ya.Tal y como era su deseo, fue enterrado bajo el órgano de su querida Iglesia de San Florián, tras cuyo teclado había pasado algunos de los momentos de mayor recogimiento y satisfacción de una vida enteramente dedicada a la música.

En la imagen Francisco Jose y Sisi en la película Sisi. El actor es Karlheinz Böhm, hijo del famoso director de orquesta Karl Bohm.

Si lo desea, elija otra fecha: